La siesta
Jugaba solo, la casa era grande y cóncava. El silencio salía a la siesta a serrar todas las bocas. Las sombras eran cortas escuadras pegadas a los cuadrados de la pared, todo era misterio en la concavidad de la pieza. La humedad, anciana señora, serraba los ojos de los padres, que dormían entre polvorientas sabanas, las bolitas de naftalina soñaban en los roperos.
Los autos susurraban a lo lejos, pero también pertenecían al silencio.
Jugaba solo, la casa era grande y cóncava. La siesta salía a cerrar los ojos
Las mandarinas temblaban en la heladera. El viento no soplaba. Las cosas me llamaban como si me comieran.
Mi corazón era una secreta función de títeres en un baúl.
Los autos susurraban a lo lejos, pero también pertenecían al silencio.
Jugaba solo, la casa era grande y cóncava. La siesta salía a cerrar los ojos
Las mandarinas temblaban en la heladera. El viento no soplaba. Las cosas me llamaban como si me comieran.
Mi corazón era una secreta función de títeres en un baúl.

1 comentarios:
Recuerdo tanto cuando yo tenía que jugar sola en una casa muy grande, porque la dueña, que era tía de mi mamá, no dejaba entrar a los niños del vecindario ni me dejaba salir a jugar con ellos. Los mayores no deben ser a sí con los niños, no me gusta redordar mi niñez. Un abrazo,
Amparo
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