Debería entrar de nuevo por aquel corredor y encontrar la noche en esa ventana tan lunar, tan de azul oscuro, como un poso amargo y azul. Las casas esparcidas como cajas de zapatos y encontrar en la puerta a esa viejita tan coqueta, tan arreglada, esperando, esperando, en la puerta, con ese pasillo como culebra que se inyectaba en el corazón de la cuadra.
Debería entrar por ese corredor y encontrar a esas dos ventanas, tan gemelas como fosas nasales, inspirando y exhalando los vapores de ceras y productos que se estiraron en los pisos, pero ahora seguro todo esta en silencioso, solo con los insectos crujen en algún rincón como si fuesen los huesos de una eterna noche.
Debería entrar por ese corredor pero antes subir por esas escaleras tan marmoleas y minuciosas, irradiando la heladez del granito, esa que provoca ganas de meter los dedos en el bolsillo y claro, no olvidar, que ahora no estoy y quizás me vea como una nube negra, subiendo, porque un recuerdo debe tener algún tipo de existencia, en algún lugar, en algún lado. Prefiero verme como una nube negra como un colmenar de instantes vibrantes y oscuros
Debería entrar por ese corredor hasta esas dos ventanas y pararme con mis dos piernas rectas como dos pilares de carne mirando con todos mis órganos, con todos los que sienten y los restantes que los sostienen y mis hueso silenciosos como catedrales que me despiertan los espirales del recuerdo.
Debería entrar por ese corredor, pero no puedo llegar, pienso en avanzar pero el corredor queda en el recuerdo, es un recuerdo que habita en mi cerebro, pero es un lugar que esta tan lleno de eternidad que no soporto la paradoja de tener la eternidad en esta caja, tan pequeña, tan encerrada en las monolíticas entrañas de su silencio.
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